img-detalle img-detalle
Artículos
y ensayos

¿La peor enemiga de una mujer es otra o es misoginia internalizada?

COMPARTIR

No sé ustedes, pero yo he leído decenas de opiniones, teorías y conclusiones sobre la cachetada de Will Smith a Chris Rock: desde que fue actuado hasta que fue obligado por Jada Pinkett, pasando por el análisis de la violencia machista y la muerte del humor, pero ¿se han puesto a pensar qué hubiera pasado si este evento hubiera sido entre Jada y Amy Schumer? O ¿qué habría sucedido si Kristen Dunst le hubiera dado un empujón a la comediante cuando la levantó de su silla y la llamó “rellena asientos”? Puedo garantizar que, a los pocos minutos del suceso, las redes, periódicos y medios estarían repletos de la frase: “No cabe duda que el peor enemigo de una mujer es otra mujer”. No tengo pruebas, pero tampoco tengo dudas, porque esa sentencia ha estigmatizado las relaciones femeninas desde la más tierna infancia de cualquier chica. A ésta y otras desafortunadas frases populares que ridiculizan, demonizan y juzgan el comportamiento femenino se les llama misoginia interiorizada o internalizada”. 

¿Qué es la misoginia interiorizada?  

Empecemos por definir la misoginia, la cual viene de dos voces del griego: miso que es “odio” o “aversión” y gyne que es “mujer”; es decir, aversión a las mujeres o desconfianza en ellas. Según la filósofa Marilyn Frye, el propósito social, cultural, histórico y religioso de la misoginia es deshumanizar a la mujer. Por otro lado, la santifica o sataniza, la deja fuera de “lo humano” y, por ello, no se le ve como a una persona, como a una “igual” a un hombre (de lo que puedes conocer más aquí). 

La educación machista de Disney 

Podríamos ejemplificar lo anterior con los relatos clásicos de Pandora o Eva, pero usemos clásicos anclados en nuestros recuerdos de infancia: ¡que pase Disney y los cuentos de princesas! Si tomamos cualquier película clásica o relato, encontraremos un patrón común: sólo hay 2 tipos de mujer en la historia, la protagonista y la mala del cuento. La primera es joven, la más bella del reino, ingenua, dulce, desvalida y sometida por la segunda, una mujer adulta, cuyos mejores años han quedado atrás, mala, imponente, poderosa, autosuficiente, con un carácter espantoso y que se muere de envidia por no ser como la princesa, a tal grado que usará todo su poder contra ella. Mientras la malvada antagonista descarga su furia contra nuestra pobre heroína, ser elegida por un gallardo príncipe es su única esperanza para salvarse.  

Aunque hoy, como una mujer adulta, ser la dueña de mi propio castillo, adinerada, donde se haga mi voluntad suena mucho más tentador que hacerles el quehacer a 7 enanos, a los 6 años se nos enseñó que debíamos ser como Blanca Nieves. En ninguno de estos clásicos, aparece una tercera forma de relacionarnos entre mujeres: sólo puedes ser la “buena”, siempre hermosa, feliz e inocente, a la que los hombres desean, aman y protegen; o la “mala”, siempre enojona, mandona y envidiosa a la que los hombres temen y desprecian. Desde aquí, se nos enseña la misoginia interiorizada 

¿Por qué las mismas mujeres podemos ser misóginas?  

Según la activista afroamericana Florynce Kennedy, las mujeres, al ser educadas en un sistema machista que fomenta la competencia, somos instruidas en juicios, lenguaje y relaciones que descalifican a las otras. En una realidad machista que busca controlar a la mujer, hay una “hostilidad vertical” que ejercen los hombres directamente con actitudes y valores instaurados. Dicha hostilidad se manifiesta en frases como “vieja tenía que ser”, “lloras como niña”, “nadie entiende a las mujeres” y “no hay que entenderlas, sólo amarlas”. Sin embargo, hay prácticas de crianza que el feminismo nos ha heredado para romper con esta estructura. 

Florynce Kennedy. Fuente imagen: Radiojaputa.

Además, esta hostilidad requiere de “aliadas” que fomentan y perpetúan esa dominación con el principio de “divide y vencerás”. Así, se nos educa a aplicar frases como “yo no soy como las demás”, “las mujeres son mucho drama”, “yo por eso me llevo mejor con los hombres”, “está muy descuidada”, “ella no se da a respetar”, “esa @%&*”, “robamaridos”, “baja novios”, “calientahu…”, etc. Éstas son muestra de cómo se nos enseñó a competir entre nosotras por ser la “buena” o la “aprobada” del sistema. Ya lo dijo Sharon Norbury (Tina Fey en Mean Girls): “¡Deben dejar de llamarse zorras y golfas entre ustedes! Eso sólo le hace creer a los chicos que está bien que las llamen así” (“You all have got to stop calling each other sluts and whores, it just makes it OK for guys to call you sluts and whores.”). No sólo a llamarnos así, ¡sino a tratarnos así!  

La idea de que “el peor enemigo de una mujer es otra” sólo es una forma de evitar redes de apoyo. Por eso, la próxima vez que te sientas tentada a criticar la vida, vestimenta o actuar de una chica, porque “está mal”, pregúntate si ese juicio es tuyo o aprendido, si quieres seguir con la película clásica de princesas y brujas pelando por un príncipe o la nueva con Miriam, Priya y Abby apoyando a Mei Lee (Turning Red). No somos la cachetada ficticia del inicio, somos Lady Gaga y Liza Minnelli diciéndose “I got you”… “I know” (“Te sostengo”… “Lo sé”).   

  

Por Andrea Morán Rosales 

Dejar un comentario