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“El pobre es pobre porque quiere” y otras mentiras de la meritocracia

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Aunque para algunas religiones ser pobre es una ventaja y te hace merecedor de una vida eterna, hoy en día se ha convertido en una “decisión” muy mala por la que puedes ser juzgado desde la meritocracia. “Somos arquitectos de nuestro destino”, dicta la etapa histórica conocida como modernidad. Y ésta deriva del principio de que todos podemos ser lo que deseemos, pero, siendo realistas, a menos de que seas Barbie, “ser lo que tú quieras ser” es difícil y tener éxito va mucho más allá de “ponerte a [email protected], paps”. Esto que hoy llamamos “echaleganismo” nace de la meritocracia. 

@parishilton

Debunking the #STOPBEINGPOOR myth. 🙅🏼‍♀️😹 Don’t believe everything you read. 😏 #greenscreen #Iconic 👑

♬ original sound – ParisHilton

¿Qué es la meritocracia? 

La meritocracia es la idea (implícita o explícita) de que recibiremos una compensación proporcional a nuestros méritos, mientras nuestra conducta se mantenga dentro de los límites de la estructura jurídica y de lo socialmente aceptado. Es decir, si te portas bien y haces tus deberes, serás recompensado por el Santa Claus de la economía; si no eres bueno, sólo recibirás el carbón del salario mínimo. 

@hugomaganna

#kimkardashian #Grimes #ElonMusk #Meritocracia #MovilidadSocial #parati

♬ Residente: Bzrp Music Sessions, Vol. 49 – Bizarrap & Residente

La meritocracia nos quiere hacer creer que no debemos sentir culpa social por el pobre, porque “podría no serlo”. Porque el pobre es “flojo” (“ya nadie quiere trabajar”), “mantenido” (“sólo estiran la mano y quieren que les den”), “conformista” (“la ley del mínimo esfuerzo”) y hasta “mañoso” (“así los educan, es más fácil pedir que trabajar”). Como se parte de que a “mayor esfuerzo, mayor ganancia”, la desigualdad ya no es un problema social por resolver, sino una consecuencia de nuestro proceder individual.  

Su contraparte es “el rico es rico porque lo merece”, no porque haya un sistema de privilegios sociales, políticos, históricos, culturales y hasta raciales que lo favorezcan, ¡obvi! (sarcasmo) y todo aquel que lo niegue es un “resentido social” que no se esfuerza lo suficiente. Así se mantiene el statu quo en el que el Estado y la sociedad se han lavado las manos.  

Cuestionar el privilegio de la meritocracia 

A esta sencilla ecuación: trabajo + esfuerzo + talento = éxito y riqueza se le escapan variables como la inequidad y la falta de oportunidades. No es lo mismo trabajar, esforzarse y ser talentoso comiendo 3 veces al día, con escuela de la mejor calidad, sin preocuparte por la renta o cuidar a 4 hermanitos mientras tu mamá trabaja. De acuerdo con el CONEVAL, el 74 % de los mexicanos jamás logrará salir de la pobreza, aun trabajando hasta 10 horas al día o teniendo 2, 3 o hasta 4 empleos.  

Tomemos de ejemplo una frase motivacional de las que usan a los “echaleganitas coaches” (de quienes puedes saber más aquí: “¡Sin miedo al éxito, papi!”) para explicarlo mejor: “Si quieres ayudar a un hombre, no le des un pez, enséñale a pescar”. Pero si no tiene caña, anzuelo, bote, ni un río cerca, no importa cuánto lo intente: ¡no va a pescar ni un charal! Y si no le das un pez, en lo que consigue todo eso, ¡ya se desmayó de hambre! 

Cuando tienes problemas y alguien te dice "échale ganas".
Fuente: Verbub. 

Habrá quien diga que esto son “sólo pretextos”, pues hay miles de historias de gente que ha salido adelante, desde Benito Juárez hasta el caso del señor que tenía un puestecito de quesadillas afuera de su casa y hoy es dueño de una cadena millonaria. Y aunque no podemos negar esos “casos de éxito”, tampoco se puede decir que sean la norma. Insinuar que alrededor de 56 millones de mexicanos viven en pobreza multidimensional por gusto y que 8.5 % de la población que vive en pobreza extrema (más de 10 millones) podría ser millonaria si se pusiera a trabajar, es un juicio, además de injusto e ingenuo, clasista. 

La meritocracia y la “cultura de la pobreza” 

Reducir un problema mundial de polaridad y explotación histórica a una cuestión de actitud es restarle importancia, alegando que el único culpable de la pobreza es la víctima de la misma: el pobre. 

En la década de 1960, el antropólogo Oscar Lewis habló de la “cultura de la pobreza” como un estilo de vida, con sus propias estructuras y razones, que se transmite de generación en generación y que mantiene a sus miembros en situación de precariedad. Asimismo, afirmó en su Antropología de la pobreza que son individuos empujados por el capitalismo a intentar adaptarse para combatir los sentimientos de desesperación por su estado de marginalidad. 

La malinterpretada idea de que la pobreza no es una injusta condición, sino un “elegido estilo de vida”, se ha mantenido hasta nuestros días y por eso nos atrevemos a recriminarlos por no tomar acciones para mejorar su situación. A su vez, a esa masa sin cara y amorfa a la que llamamos, de forma condescendiente e infantilizada, los pobres —que además le damos connotaciones negativas y positivas, como la alegría y la humildad—, no la reconocemos como gente con vida, proyectos y derechos.  

Desde el infame “que coman pasteles” que María Antonieta nunca dijo, hasta Kim Kardashian afirmando “Get your f-king ass up and work. It seems like nobody wants to work these days” (“Levanta tu maldito trasero y ponte a trabajar. Parece que nadie quiere trabajar estos días”), vivimos revictimizando a más de la mitad de la población para no tomar responsabilidad social, abriendo una brecha de privilegio por la que se va la vida de muchos. Así que no, nadie quiere ser pobre. 

Por Andrea Morán Rosales 

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